Críticas

Slime-san: la difícil vida de un moquito intestinal

Slime-san: entre lo divertido y lo bonito. | The Fabraz Company

El próximo 7 de abril sale a la venta Slime-san, un juego cuya propuesta va más allá del simple plataformeo alocado. Merece la pena tenerlo en cuenta.

Slime-san es un juego que desfila por la cuerda floja entre el puro entretenimiento frenético y desquiciante de los arcades tradicionales y la creación de universos adorables, humildes pero enormes y llenos de personajes carismáticos. Se mueve entre esos dos mundos tan distantes sumando sus mejores características en un único conjunto sobresaliente. Y casi parece que lo hace sin querer. De no tener esa doble faceta Slime-san se quedaría corto, pero con ella The Fabraz Company ha conseguido darle una magnitud a su juego que no parece necesaria hasta que te acostumbras a ella.

Empecemos hablando de su trama, un sórdido hilo conductor que sirve como excusa para plantearnos un mundo en el que todo cabe (casi literalmente). Slime-san -protagonista que da nombre al juego- es un moco que mientras correteaba por el bosque se ve engullido por las fauces de un gusano gigante que se dedica a tragar todo aquello que se pone en su camino. En las entrañas del titánico insecto no se encuentra solo; toda una civilización de supervivientes ha conseguido asentarse en los espacios intestinales del bicharraco hasta formar ciudades y poblados similares a los de los humanos, sin que haya ninguno de nosotros ahí dentro.

 

Sin embargo a Slime-san le gusta más hacer uso de sus habilidades acrobáticas y explorar los intestinos del gusano que les da cobijo. Acompañado de un pajarito que se posa en su cabeza, Slime-san ha conseguido convertirse en el moco más famoso del lugar. Tomando el control de nuestro viscoso amigo podremos hacer cabriolas por los muchísimos niveles que se nos ofrecen; podemos saltar, doble-saltar, perder nuestra esencia para traspasar muros, bucear, deslizarnos… En definitiva, una gran cantidad de movimientos disponibles.

Con la variedad de movimientos fue con la que tuve mi primer gran encontronazo con Slime-san; yo andaba jugando con teclado, pensando que era un juego simple que se manejaría utilizando únicamente unas pocas teclas, pero de repente empezaron a aparecer habilidades cuyo mapeo no era nada cómodo y que impedía ejecutar movimientos con precisión, tal y como requiere el juego. Estuve maldiciendo a Slime-san mucho tiempo… Hasta que me dio por probar a enchufar el mando. En ese momento la jugabilidad ganó enteros, se hizo fluida, al contrario de lo que sucedía antes.

Saltito a saltito. | The Fabraz Company

Saltito a saltito. | The Fabraz Company

Fue entonces también cuando empecé a notar el gamefeel que desprende el título, algo muy necesario puesto que el diseño de niveles le pide al jugador que sea muy meticuloso en sus movimientos. Está muy bien trabajado, presentando una dificultad elevada a varios niveles que dependen de si el jugador va sólo a pasarse cada nivel, a hacerlo en el mejor tiempo posible o si le da más importancia a la recolección de ítems. Es tremendamente rejugable, en realidad, y aunque parezca baladí es un juego carne de youtubers y speedrunners.

Al principio creía que Slime-san era simplemente un juego de plataformas que iba a darlo todo por conseguir que los jugadores se sintieran cómodos superando los retos que proponía -quizás por eso me chocó tanto lo mal planteado que está su manejo con teclado-, pero después empecé a descubrir cositas de su universo que me hicieron cambiar de opinión. La primera vez que visité la ciudad y comprobé la cantidad de NPCs que tiene, con los que se puede hablar, comerciar e interactuar en general, me quedé gratamente sorprendido. Tiene muchos detalles que no tendría por qué tener, como los minijuegos retro en el salón arcade del barrio que imita la zona japonesa de Akihabara o la personalización de Slime-san, el pajarito y el fondo del propio juego.

Tokyo intestinal. | The Fabraz Company

Tokyo intestinal. | The Fabraz Company

Los diálogos de los personajes con los que te encuentras, tanto dentro como fuera de los niveles de plataformeo, rebosan carisma. También lo hace su diseño artístico, que en general presenta un cuidado acabado pixel art en colores básicos al estilo retro pero sin sacrificar monería. Quizás esto choca con la propia premisa del juego, ¿un intestino rezumante de bilis puede ser adorable? Slime-san demuestra que sí, que puede. Incluso se permite el lujo de utilizar la baba verde que suelta el protagonista como elemento ludonarrativo para recordar al jugador dónde ha fracasado en sus anteriores intentos de completar el nivel. Su música no se queda atrás, y a pesar de ser una maraña de bits nunca cansa escucharla repetidamente. Además, combina muy bien con los efectos de sonido derivados de la propia jugabilidad. Como si con cada salto ayudásemos a completar una sinfonía inacabada.

A pesar de que no deja de ser un plataformas con el reto al jugador como idea fundamental, The Fabraz Company ha conseguido darle una profundidad a priori innecesaria pero que salva al juego una vez consigue atrapar al jugador. Slime-san es como la mezcla perfecta de las plataformas frenéticas de Super Meat Boy, del gamefeel de Flat Heroes, del placer jugable de Downwell y de los personajes entrañables de Undertale. Casi nada. Su versatilidad permite que pueda ser afrontado de muchas formas; por speedrunners, por exploradores o por paquetes como yo que sólo quieran ver píxeles bonitos moviéndose en su pantalla. Recomendable si te gustan los videojuegos.

Slime-san y su amiguito alado. | The Fabraz Company

 

Slime-san: la difícil vida de un moquito intestinal
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