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El legado de Final Fantasy VII

Final Fantasy VII es uno de los juegos más recordados por los jugadores. Su recuerdo ha perdurado durante los 18 años que hacen desde que salió a la venta y el anuncio de su remake ha reavivado la ilusión por él. Pero ¿qué es lo que ha hecho tan grande el espíritu de este juego a lo largo de los años?

La nostalgia puede llegar a ser manipuladora y a la vez tentadora. Manipuladora por jugar con nuestros recuerdos de épocas felices, nublando nuestra capacidad de raciocinio e imparcialidad; y tentadora para aquellos que conocen de sobra sus posibilidades y saben cómo aprovecharse de ella. La séptima entrega de Final Fantasy es uno de los videojuegos más icónicos de la historia, siendo catalogado por muchos como el mejor jamás creado. Sus creadores conocen esto de sobra y, a pesar de haber esquivado el tema durante años, saben que esta oportunidad no se puede dejar pasar y van a traerlo de vuelta para deleite de sus fans.

¿Qué es lo que hace al remake de este título ser mucho más esperado que la mayoría de AAA’s actuales? ¿El juego original es realmente la obra maestra que dicen o es solo otra jugarreta de la nostalgia? Bueno, ese es un debate tan recurrente en el mundo del ocio electrónico como las elucubraciones sobre una posible tercera parte de Half-Life. La gran mayoría ni siquiera lo considera el mejor de su propia saga, algo que también suele surgir como argumento en estos debates. Sin embargo, Final Fantasy VII consigue estar en boca de todos día sí y día también, y el anuncio de su remake ha conseguido que miles de personas griten llenas de euforia ante la certeza de volver a ese título que gran parte del público lo cataloga como inferior a muchos otros.  Entonces, ¿qué es lo que le hace tener ese estatus de videojuego atemporal, de pieza fundamental en la historia del mundillo? Eso, querido lector, es el legado de Final Fantasy VII.

Si echamos la vista atrás, podremos observar que esta séptima iteración de la saga de rol japonesa no fue simplemente una entrega más. Los 16 bits clásicos de las últimas entregas de la serie dejaron paso a los modelados poligonales, una tendencia casi obligada en los 90 para cualquier saga famosa de la era bidimensional. Los entornos prerrenderizados que tantas vidas salvaron durante aquella época y los modelados en tres dimensiones de los personajes mientras peleaban con impresionantes movimientos de cámara dejaron atónitos a más de uno, haciéndoles ignorar el aspecto de monigote amorfo que los susodichos ostentaban la mayor parte del tiempo. Viéndolo ahora, es obvio que el juego no luce de la misma manera a nuestros ojos, ni mucho menos. Ni siquiera si lo comparamos con las otras dos entregas de la saga en la antigua PSX saldría un resultado remotamente cercano al empate. Pero fue el primero, y además lo fue en una época en la que serlo era lo que más importaba. Muchos de los que vieron aquella introducción CG con Aeris y la panorámica de la ciudad de Midgar por primera vez  no podían creer que eso que sus ojos contemplaban fuera un videojuego como los que les tenían acostumbrados.

Combate en FFVII

Si a eso le sumamos que fue el primer título de la saga en tener un lanzamiento mundial (de los anteriores, solo el primero, el cuarto y el sexto salieron de Japón para aterrizar en Norteamérica) y que también fue el primero en salir exclusivamente para PlayStation, la consola de moda por aquel entonces, el éxito estaba plenamente garantizado. Pero no todo ese éxito se reduce a factores meramente visuales o comerciales, ni mucho menos. Final Fantasy VII supuso muchas más cosas como videojuego. Y ya no solo dentro de su saga, si no para el resto de títulos que en aquel entonces experimentaban las grandes evoluciones de la industria.

Las aventuras de Cloud y compañía marcaron un cambio radical en la tónica de fantasía medieval  tan clásica de la serie. De repente, ya no hablamos de reyes, magos y caballeros, sino de megacorporaciones y terrorismo. Aquí comenzábamos en una ciudad futurista siendo un mercenario que debe volar por los aires un reactor para sabotear a la empresa que está drenando la energía vital del planeta. ¡Ya incluso tenemos un mensaje claramente ecologista desde el mismo inicio del juego! Cosas como esta llegaban a chocar en unos tiempos en los que a lo que más acostumbrado estaba el jugador medio era a rescatar princesas, matar extraterrestres y poco más. El videojuego entendido como producto de entretenimiento, como un mero juguete, más que como una forma de arte con sus propios recursos narrativos. Final Fantasy VII, al igual que sus predecesores, no solo buscaba entretener, quería contar una historia, eso que siempre se usaba en los videojuegos como telón de fondo, como excusa sobre la que cimentar el juego en sí. Quería contar una gran historia con personajes memorables y que explorara otras formas de percibir la fantasía.

Midgar

Fantasía sí, porque a pesar de todo, Final Fantasy VII seguía siendo un Final Fantasy, y como tal conservaba elementos como la magia, las profecías antiguas, las criaturas fantásticas y un villano de poderes cósmicos. Pero, aun así, consiguió encajar con bastante soltura estos elementos dentro de esa nueva ambientación y temática que planteaba. ¿Cómo se trasladaba eso al apartado jugable entonces? Pues de la misma forma que habían hecho los anteriores: combates por turnos, exploración a través de un mapa del mundo, visitar ciudades, hablar con la gente, atravesar cuevas llenas de monstruos, etc… Era la esencia jugable de los Final Fantasy clásicos en estado puro. Todo ello mientras íbamos desentrañando un argumento que se hacía cada vez más complejo y nos presentaba más y más giros de guión a medida que avanzábamos. Un argumento que no necesariamente tenía mucho que ver con lo que estábamos haciendo mientras jugábamos. Y es que sí, resultaba divertido combatir, desarrollar a nuestros personajes y explorar el mundo, pero la mayor parte del tiempo todo esto distaba bastante de lo que estaba sucediendo en la trama. Pongamos, por ejemplo, que estamos en la prisión de Corel, hablando con los allí presentes para averiguar qué estaba pasando, y cada dos pasos nos aparecen unos monstruos que tratan de atacarnos. Terminamos el combate, y como si nada hubiera pasado. Se trata de otra tendencia también muy habitual en los Final Fantasy clásicos: querer entretenernos y querer contarnos una historia, pero ambas cosas por separado.

¿Es esto algo malo? No tiene por qué. Incluso hoy en día la gran mayoría de videojuegos lo siguen haciendo. Fundir mecánicas jugables y narrativa es un rasgo clave en la evolución del videojuego como medio artístico, y Final Fantasy VII, al igual que sus predecesores, contribuyó a ello de otras formas, siendo la más destacada la fórmula del viaje: héroes que iban en busca de algo para salvar el mundo y debían recorrer una larga travesía. El juego nos hacía vivir ese viaje, nos hacía partícipes de cómo iban evolucionando sus personajes, de cómo cambiaba su mundo. Al acompañarlos en sus batallas, sus andanzas y sus conversaciones, conseguíamos vivir ese viaje por nosotros mismos, conseguíamos empatizar con ellos a un nivel mucho mayor. Y aquí es donde entra el caso de Aeris. Su muerte (sí, qué pasa) resultó tan significativa para el jugador por tratarse, entre otras cosas, de un personaje al que había estado controlando y acompañando todo el tiempo. Algo que hizo mucho más trágica su pérdida.

Aeris y el Vientofuerte

En resumidas cuentas, Final Fantasy VII hizo muchas cosas buenas, como tantos otros juegos, pero queda claro que no es ningún portento gráfico ni tampoco es el culmen del videojuego artístico, amén de muchas otras cosas. Entonces es cuando llega la pregunta clave: ¿Realmente se merece Final Fantasy VII toda la fama que tiene? A lo que cabría responder: ¿Y quién se la merece? ¿Quién determina eso? ¿Las notas de las reviews? En ese caso la respuesta podría ser que sí. Pero la mayor parte del público no está de acuerdo con eso. Entonces habría que preguntarse: ¿Quién tiene razón realmente? Y la respuesta a eso ya no reside en una ley universal que dicta qué cosas deben ser mejores o peores que otras, sino en el criterio individual de cada uno. Volviendo al principio del todo, puede que la nostalgia te haga considerar a Final Fantasy VII como el mejor juego de la historia, o puede que no. Puede que lo juegues ahora por primera vez y que realmente te parezca el mejor. O tal vez no te parezca para tanto. Pueden pasar mil cosas distintas, pero lo que es innegable, es el valor que tiene Final Fantasy VII dentro de la historia del videojuego.

Ya sea por las condiciones que lo rodearon, por el propio juego en sí mismo, o quién sabe por qué más razones, muchos jugadores quedaron marcados por esta obra. Y es que no solo resultó un título de una calidad excelente, sino que además hizo que mucha gente descubriera que los videojuegos pueden ser algo más que simplemente pasar nivel tras nivel, descubrieron que pueden contar grandes historias. Historias que pueden emocionarte, transmitirte un mensaje y quedar grabadas para siempre en tu mente. Y ese, es el verdadero legado de Final Fantasy VII.

Y ahora, esta historia en particular está a punto de volver a repetirse. Nadie sabe exactamente cuándo, pero dicen que el techo de la iglesia del Sector 5 puede venirse abajo en cualquier momento.

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