Artículos de opinión

Por qué os adoramos, malditos cabrones

El delirio de Vaas. | Estookin

Sí, sobre cabrones va esto. No sé cómo lo definirá la RAE, pero por desgracia es un término del que abusamos en estos días.

Cabrona es la profesora que se encomienda a la pedantería más banal para disfrazar su propia ignorancia del ego más repulsivo. Cabrón es ese taxista que nos cobra de más y al que, encima, le tenemos que soportar una emisora de radio que detestamos. Por favor. Cabrón es ese jefe (el mío no) que os permite con cuenta gotas salir a fumar un pitillo o a tomar un café. Podríamos continuar la lista, pero si nos ponemos en ese plan al final todos nosotros seríamos unos malditos cabrones. Puede ser. A ello nos lleva usar a la ligera la lengua de Cervantes y la Veneno. El caso es que para una palabra tan magnífica no hay niveles, o lo eres o no, y a favor de algunos diré que no todos somos unos cabrones, aunque en principio así lo consideremos. Y es que el factor de elegancia que conlleva el ser un cabrón (y que ignoro si recoge la RAE) no es aplicable a más de un cutre que, simplemente, es idiota.

Por dar un ejemplo de actualidad, Varoufakis es un cabrón genuino. Un cincuentón griego y calvo que (a golpe de Twitter, chupa y motocicleta) ha conseguido poner en jaque en más de una ocasión a la, antaño, todopoderosa Unión Europea liderada por Angela Merkel, una cabrona con todas las licencias selladas. Otro soberbio cabrón, ficticio pero no por ello menos conocido, es el doctor Hannibal Lecter, esa bestia caníbal que nació en la literatura, tuvo su recorrido en el cine y hoy sobrevive en una gran serie de televisión que por desgracia ha sido cancelada en su tercera temporada. Todos ellos son unos cabrones, de los de verdad, capaces de merendarse al matón de tu colegio en menos tiempo del que se tarda en cambiar la ventana de Pornhub por la web de El País. Y todos tienen algo en común. ¿En qué se parecen un comunista griego, la adalid del neoliberalismo y el sibarita Lecter? Dejando a un lado que los tres forman parte del público asiduo de Equilateral, irradian un magnetismo que les convierte en figuras fascinantes, amadas por unos y odiadas por otros, pero capaces de generar interés y una cierta atracción en todos, indistintamente de cualquier posicionamiento particular. Ese es el rasgo distintivo de un gran cabrón.

Vaas Montenegro | Ubisoft

Vaas Montenegro | Ubisoft

Partiendo de este matiz, queda claro que el cabrón es una figura muy jugosa para los creadores, los cuales se afanan por diseñar en sus obras, con mayor o menor éxito, al hijo de perra más bestia de todos los tiempos. Si nos ceñimos a los videojuegos, seguro que hay multitud de nombres dignos de mención. Pero me gustaría empezar con un opening muy conocido. Comienza la aventura con la canción Paper Planes de M.I.A. y con unos chavales norteamericanos haciendo el ganso a lo Pekín Express en paradisíacas playas. Uno de ellos graba cámara en mano todo este desfase. El placer es lo único que se percibe hasta que… plaf. Te creías el amo en el aire pero, amigo mío, has dado de bruces con la tierra. Dejémoslo claro, lo mejor de Far Cry 3 es este inicio y el cabronazo de Vaas Montenegro. El líder pirata que secuestra a los niñatos estadounidenses con el fin de solicitar al acaudalado papá un rescate por el pellejo de sus retoños. Conforme vamos avanzando en la historia del juego más caemos en la cuenta de que el verdadero héroe de las islas Rook es este romántico Che Guevara de peinado y vestimenta hipster, y no el personaje que por desgracia manejamos, un hortera Leonardo DiCaprio salido de la película The beach.

Tal vez es ser demasiado radical, pero a mi parecer si el protagonista de la obra no tiene esa turbia elegancia que otorga la oscuridad del hijoputismo, es prácticamente imposible que pueda estar a la altura de un antagonista que si las posee. La época del héroe perfecto que aúna todo ese cóctel romántico de bondad, sacrificio, sinceridad y valor pasó de moda en la literatura hace dos siglos, en el cine hace cinco décadas y a día de hoy solo sobrevive en el anime más barato. Los videojuegos han nacido en la etapa de reinado del antihéroe, quien no es más que un cabrón que por casualidad ha escogido el bando adecuado, por decirlo de algún modo. Y aunque no todo el monte es orégano, si que podemos hallar ejemplos sublimes. Ese GTA San Andreas por el que se paseaba un Carl Johnson que lo mismo pesaba 60 kilos al despertar como 120 al irse a dormir, al que le importaba un carajo trabajar para la poli o para su banda de energúmenos, pero que aún con todo vivía atormentado por las fechorías que le obligábamos hacer. Si es que no hay nadie más cabrón que los ejecutivos de Rockstar.

Young, wild & free | Rockstar

Young, wild & free | Rockstar

Rockstar. Abusemos de ella. Qué se podría añadir a la ya conocida historia del hijo de puta (el mismo lo verifica) John Marston. El intento infructuoso de reformarse por parte de este diablete. Que si, que lo consiguió, al menos durante un tiempo. Pero reprimir tus instintos es imposible y no tardo en volver a las andadas. Que si, que lo obligaron. Pero, por favor, que los agentes del FBI secuestraran a su familia fue para Marston el mejor regalo de navidad que recibió en su vida. Y por eso solamente merece ser considerado como el cabrón que es. Al final resulta que ya quisiéramos ser unos cabrones. Pero la mayoría no cumplimos con los requisitos.

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