Artículos de opinión

Aquellos maravillosos años online

Si hay algo que a menudo empaña la experiencia de jugar online, además de lo que señaló mi compañero José Antonio en su artículo “Por qué jugar online no me enamora“, es la comunidad de jugadores.

Vivimos en una época en la que todos estamos conectados. Una época en la que podemos compartir experiencias y emociones con solo pulsar un botón. Una canción, una imagen o un vídeo, pueden unir a millones de personas que están interactuando a la vez en una misma red social. De igual forma, gracias a los videojuegos podemos sumergirnos en una historia o en una batalla con un grupo de amigos que solo quiere pasar un buen rato.

Imagen extraida de la retina de muchos de nosotros | Flopgames

Imagen extraida de la retina de muchos de nosotros | Flopgames

Recuerdo cuando un amigo de la infancia llegó a mi casa para enseñarme algo que, al parecer, era como “super mega molón” (así hablábamos entonces): era un cable link. La verdad es que no tardé en darle la razón, porque era “super mega molón” intercambiar un triste pokémon con tu amigo. Fijaos, ¿eh? No podías hacer otra cosa más que esa. Y, sin embargo, ahí estábamos los dos: cabeza contra cabeza, mirando cómo esa maravilla nos permitía compartir nuestros premios en forma de animales mutantes, y sin echar cuenta de las horas que llevábamos jugando.

Tus amigos y tú dándolo todo en Destiny |Videogamer

Tus amigos y tú dándolo todo en Destiny |Videogamer

Ahora, sin embargo, ya no necesitamos ese cable link: podemos irnos directamente a surcar un universo entero a bordo de una nave de Destiny, o cooperar entre varios para armar una auténtica guerra en Call of Duty: Advanced Warfare. Incluso, si hay alguno de tus amigos que peca de manquismo (aquí una servidora), el videojuego Evolve nos ofrece la posibilidad de que cada uno elijamos el rol dentro del equipo de cazadores que más se acomoda a sus capacidades. ¿Veis? Todo son ventajas para que, juntos, podamos disfrutar de las sensaciones más bonitas que tiene un videojuego: compartir una batalla, una victoria, una derrota.

Pero, como decía, hay un aspecto que deslustra toda esta maravilla tecnológica: la actitud de algunos jugadores. No sé en qué momento, al cruzar ese umbral que separa una partida privada de una en red, deciden que es buena idea encolerizar y cargar contra el resto de compañeros. Detrás de esos avatares y personajes de armaduras inverosímiles, hay personas reales. Cierto, puede sonar un poco a Perogrullo, pero es un aspecto a tener en cuenta si vas a empezar a despotricar contra el equipo que te haya tocado.

Cuando se mascaba la tragedia | Crashmania

Cuando se mascaba la tragedia | Crashmania

Pero venga, partamos una lanza a favor de estos que pierden los nervios. Porque sí, es cierto: ¿quién no ha gritado porque por culpa de un hijo de…? Quiero decir: ¿quién no se ha molestado por haber perdido ante un jefe final por culpa de otra persona? Todos, esa es la respuesta. Por favor, Crash Bash ha roto más amistades que un mensaje sin contestar de Whatsapp. Pero es que una de las características que nos define como seres animales y humanos que somos, es la competitividad. No lo podemos evitar, y en los videojuegos, este aspecto no se centra en la lucha contra uno mismo, sino en el “a ver quién puede más” contra gente que no conoces de nada pero que, por razones puramente biológicas, te hace sentirte bien contigo mismo quedar por encima de ellas.

Hagamos una pausa, en este momento, y parémonos a reflexionar. ¿Dónde están los límites? Entiendo que sofoca perder una partida, que es difícil no enfadarte porque alguien ha jugado mal, pero, niños, niñas, estamos hablando de un videojuego, algo cuyo objetivo final se basa en entretenernos. Sé que es difícil, pero de vez en cuando, hay que darles a los videojuegos la importancia real que se merecen.

Cuando tu amigo y tú sentíais el putoamismo| Dreamstime

Cuando tu amigo y tú sentíais el putoamismo| Dreamstime

Sigo recordando que, en la época del cable link, solo discutía con mis amigos porque habían roto la conexión al separarse de mí. Ahora, echo de menos esas cabezas pegadas, esos pokémons regalados y esas tardes que se esfumaban en un suspiro, donde y cuando no importaba nada más. El problema, es que nos hemos olvidado de que esa misma sensación del cable link, la podemos tener ahora multiplicada por diez…. Y no lo aprovechamos.

Ay, de nuevo, ha venido a visitarme nuestra perra Nostalgia.

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