Artículos de opinión

De cómo el friki se convirtió en un latin lover

La variedad es tan necesaria como ficticia su existencia en el mundo. Aunque nos intenten vender la moto de todas las maneras imaginables, esta diversidad controlada no representa el mundo plural que idealizamos y que, claro, no existe. De ahí, una divagación acerca del frikismo como corriente dominante.

American Beauty | Dreamworks Pictures

American Beauty | Dreamworks Pictures

Partiré de un par de anécdotas para explicarme mejor. De niño solía ir a jugar con mis amigos a la plaza de la iglesia. Uno de mis compañeros llevaba su balón de la Eurocopa de Portugal, lo que significaba que cuando se cabreaba ponía fin al partidillo. La verdad, no nos importaba mucho. Al contrario, por esa actitud era muchas veces el blanco de las burlas y perrerías de todo el grupo. Y si decidía marcharse, cansado ya de nosotros, antes le quitábamos la pelota y la embarcábamos en alguna azotea. Los jóvenes de hoy en día son unos salvajes, ya. Pero éramos amigos, nos queríamos pese a todo. Y a todos nos tocaba, en un momento u otro, recibir las pesadas bromas del resto. Nos entendíamos de esa manera. Es parte de la educación que uno recibe esa lucha con tus iguales, no para hacerte ver como el líder de la camada sino por la simple ansía de dejar a un igual por debajo de ti, una actitud que tiene su origen en la más absurda crueldad. Me gustaría pensar que esa malicia se ha ido diluyendo con el tiempo, pero la verdad es que solamente se ha camuflado bajo infinitas capas de hipocresía. Creo que estas son vivencias por las que todos pasamos, indistintamente del género o la procedencia de cada uno. Por ello, la honestidad es una facultad que se vende cara en el ser humano. La cruda realidad nos lo muestra a diario. Todos pecamos de la más despreciable falsedad al exigir en los demás una virtud que ninguno poseemos. Eso por un lado.

Por otra parte, íntimamente ligada, esta la capacidad de mutación del individuo para adaptarse a su entorno social. Podemos realizar una laboriosa tarea de caza de brujas (muy al estilo del renovado, moderno y ultracentrista Partido Popular) para descubrir cuantos de esos contactos de Facebook que hoy comparten en sus muros las muy trilladas playlist de películas de Tarantino, en su día publicaban en Tuenti fotos delante del espejo del cuarto de baño con ese exagerado flash que ocultaba el rostro del individuo pero no el retrete a su espalda. Me RefiErO a EsaS quE Se coMenTabAn AsI. Pero ojo, que corremos el riesgo de caer en este proceso de criba. Yo mismo confieso, soy un pecador. He pecado de querer ganarme la aceptación de mi entorno en diferentes intentos que solo me han servido para querer olvidar ciertas etapas de mi pasado. Siempre tardamos en darnos cuenta de que no le podemos caer bien a todo el mundo y que, además, eso es lo ideal. En este sentido, merece la pena mencionar al personaje de Frank Costello, interpretado por Jack Nicholson en The Departed, ese sujeto que no se adaptó al entorno sino que logró que este se acoplara a su pintoresca personalidad. El superhombre de Nietzsche que solo sobrevive (y a duras penas) en la ficción.

Frank Costello | Warner Bros. Picture

Frank Costello | Warner Bros. Picture

A raíz de estos dos factores aprecio cómo ha llegado la mentalidad del individuo (me incluyo, por supuesto) a estar manipulada por las distintas modas que varían al son de los vientos que agita la globalización de esta era que vivimos. Y solo por eso puedo comprender que un colectivo que se ha visto marginado, e incluso torturado, por aquellos que se consideraban como el estandarte de la verdad absoluta hoy sea el orgullo de todo el populacho. Puedo comprender que aquellos que antaño vejaban a los homosexuales hoy tengan su foto de perfil de Facebook coloreada por las tonalidades de la bandera arcoíris. Puedo comprender también, debido a estas inescrutables vueltas de la vida, los motivos que han llevado a muchos a apropiarse del concepto de friki para definir a su persona. Un concepto peyorativo en mis días de instituto transformado en todo un halago en mi etapa universitaria. Y me refiero a la definición extendida del término, ya que nunca se consideró friki al fanático del fútbol o de la Semana Santa.

Hablo de ese friki que obtiene auténticas experiencias orgásmicas viendo cine, leyendo cómics o jugando a videojuegos. Lo que me pregunto es sí muchos de los que ahora se definen como tales en realidad disfrutan de estas actividades. Al igual que aquellos que escuchaban a duras penas reggaetón con el único fin de integrarse, tengo la sospecha de que más de uno se autolesiona obligándose a jugar al último videojuego del que todos presumen haber gozado, cuando le gustaría más dedicarse a otros menesteres. ¿Y todo para qué? No tiene nada de malo la variedad, en este mundo depravado en el que nos ha tocado vivir cada uno somos hijos de nuestra madre. Y como tales nos gustará pasar las noches bien aumentando el nivel de nuestro nórdico en Skyrim o bien escuchando electrolatino en alguna concurrida discoteca. Y ambas opciones, como cualquier otra, son igual de respetables. Es más fácil decirlo que hacerlo, pero deberíamos superar el engaño que nosotros mismos nos imponemos para así aceptarnos como somos y poder disfrutar de la vida.

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