Artículos de opinión

Videojuegos distópicos, el fiel reflejo de un mundo cruel

Biohock Pixel Art. | Autor Desconocido
Biohock Pixel Art. | Autor Desconocido

Habiéndose adaptado perfectamente a todos los formatos culturales, como el cine o la literatura, los videojuegos no iban a hacer una excepción con las historias distópicas.

Empecemos con una definición simple. La distopía es un género creativo que, al contrario de la utopía, recrea una sociedad cuyas características generales se pueden resumir en una situación de miseria extrema, un férreo control del Estado hacia sus ciudadanos o, por el contrario, una anarquía en la que solo sobrevivirán los más fuertes. Se encarga de mostrar el sentimiento de opresión, en sus muy variadas formas, contra el que se rebelará el personaje en cuestión de la historia. Al igual que la utopía ha servido como género a muchos autores para manifestar sus ideales de una sociedad perfecta, la distopía ha sido utilizada para realizar críticas feroces a la degeneración del ser humano.

Hace décadas, los autores que realizaban obras distópicas (hablo de literatura y cine) situaban la acción de sus creaciones en un futuro bastante lejano. Es el caso de Un mundo feliz del escritor Aldous Huxley, 1984 de Orwell o la película Blade Runner (basada en un relato de Phillip K. Dick, toda una distopía en sí mismo), por ejemplo. El motivo era que por aquel entonces las plagas que se intuían que terminarían destruyendo la humanidad, tales como un holocausto nuclear o el auge de la inteligencia artificial, eran simples prototipos, futuros inventos que aún se encontraban en la mente de esos visionarios de la informática y la ingeniería destinados a dominar el cotarro. El presente no pintaba mal, era el futuro lo que les aterraba. Y ya que el miedo vende, al menos, le sacaron partido. Pero la situación actual ha cambiado mucho.

A la sociedad de hoy en día es el presente lo que le acojona. ¿El futuro? Nos da igual, estamos tan obligados a vivir al día que, salvo que juegue el Betis, ni siquiera nos planteamos que sucederá el próximo domingo. Éramos la ilusión encarnada de un sueño en el que todo parecía demasiado bonito, en el que desde muy jóvenes decidíamos trabajar en la construcción del inmueble de turno (o estudiar periodismo), con el único fin de comprarnos un BMW o un chalet en la playa. Nos creímos esa patraña hasta que el barco encalló y nos obligaron a hundirnos en el agua hasta el cuello (algunos llegaron a sumergirse de por vida) para volver a sacarlo a flote. Nos creímos el ideal democrático hasta que nos demostraron que nuestro país no es soberano como tal, sino que más bien actúa como una sucursal bancaria integrada en la turbia Unión Caixa Europea, y nos dimos cuenta de que no somos ciudadanos sino activos dentro de un gran balance contable. Nos creímos seguros en nuestra burbuja hasta que los fundamentalistas volaron Atocha. Incluso creímos escapar de ese infierno para ahora vernos cercados por los lobos del ISIS. Y esto en el caso español, que ya sabemos cómo se las gastan en otros lares. Con este presente, ¿para qué explorar un futuro pasado de moda?

The Walking Dead, su serie no mostraría esto | Robert Kirkman

The Walking Dead, su versión serie no mostraría esto | Robert Kirkman

Los ejemplos que tenemos de esta renovada distopía son abundantes en todos los ámbitos culturales. Series de televisión como Black Mirror, también The Walking Dead en su versión cómic o literatura como la apasionante novela The Road del escritor norteamericano Cormac McCarthy dan fe de ello. El cine también ha explotado este filón, claro que en su mayor parte adaptando novelas adolescentes de gran éxito en taquilla pero de escasa calidad. ¿Y los videojuegos? Prácticamente todo lo destacable en este formato en los últimos años, equiparando niveles de calidad y éxito comercial, se ha desarrollado en aventuras de carácter distópico.

Los infectados de The Last of Us, de la que podría aprender mucho la versión televisiva de The Walking Dead, nos avisan de los peligros de una sociedad dominada por empresas farmacológicas y caciques militares. Fallout 3 explora la crueldad que implica el instinto de supervivencia así como la paranoia humana desatada por un holocausto nuclear que ya no nos suena a fantasías. Aunque el caso de Chernóbil quede lejano, en Japón se palpó hace muy poco ese riesgo. También la devoción a la figura del líder o el fundamentalismo religioso instaurado en la ficticia Columbia de Bioshock son particularidades extrapolables a cualquier localización del planeta, no solo por el caso ya mencionado del ISIS sino también por esos grupos extremistas tan representativos de las profundidades de Estados Unidos. La veracidad del tratamiento de un tema como la mercantilización de la guerra, convertida en una actividad empresarial fundamental y de amplios derechos, que se realiza en Metal Gear Solid 4 podemos comprobarla simplemente con ver los telediarios. En definitiva, lejos de ambientes futuristas e irreales, los videojuegos distópicos han optado por entretenernos y divertirnos mostrándonos la infinita maldad y el horror del mundo que habitamos. Bravo.

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