Sin categoría

Dark Souls, o el cruel tutelaje de Pai Mei

A veces, cuando te topas con alguien exigente, puedes pensar que es un cabrón que quiere joderte la vida. Dark Souls es un cabrón, pero no te quiere joder.

Imagino que lloraré el día que termine los estudios. Uno nunca dejará de aprender cosas en la vida, o al menos esa debería ser la actitud, pero me refiero a que lloraré como un bebé cuando me vea obligado, ya sea por necesidades económicas o… por necesidades económicas, a abandonar un centro de enseñanza. Ese momento, me temo, está próximo.

Como tanta gente, llevó casi dos décadas de mi vida en periodo de formación y ahora estoy empezando a descubrir lo que es la práctica. Por lo tanto, no es descabellado decir que los mejores momentos de los que he disfrutado han surgido de las oportunidades que me han brindado los centros donde he estudiado. Es algo más amplio que lo referente a las materias académicas, abarca prácticamente a las experiencias de toda una vida. Y aquí he de decir que, como todos, he probado de todo, contando además con los mejores profesores para ello, cada uno en su propio campo del saber, ya sea este la historia contemporánea o el arte de aparentar saber de cine hablando de películas rumanas de los años 70. Una lástima que apenas me haya quedado con un rasguño de todo lo que me han intentado proporcionar. En fin, me llevó el recuerdo al menos, que aquí venimos a jugar. O más bien a hablar de ello. En concreto, de la mejor profesora que he encontrado en el campo de los videojuegos.

Captura de la película Kill Bill vol. II | Miramax Films

Captura de la película Kill Bill vol. II. | Miramax Films

Hablo de Dark Souls o como gusto llamarla, Pai Mei sensei, referenciando (y feminizando) a ese monje shiaolin que disfrutaba obligando a Uma Thurman a partirse los nudillos golpeando una tabla de madera en la segunda parte de Kill Bill, o sacándote los ojos sí osabas no comerte el arroz. Pero en la intimidad me permito el lujo de ponerle motes más picantes. Tanto que a vosotros, mortales, jamás os los permitirían vuestras parejas (que al menos son seres de carne y hueso, me diréis, pero ya me iré a llorar cuando acabe de escribir). Nuestra historia tiene visos de ser intensa y devastadora para ambos. Autodestructiva. Probablemente yo acabe tirado en cualquier institución mental de turno, rollo Shutter Island, vil despojo humano. Ella tiene toda la pinta de que terminará siendo un disco partido en dos por estas manos impacientes y juguetonas de buen periodista que dios me ha brindado. Pero no lo toméis como una queja, seamos honestos y que estas líneas nos sirvan de improvisado examen de conciencia. Todos buscamos la inestabilidad en las relaciones, ansiamos disfrutar de nuestro propio dolor. Los seres humanos somos masoquistas por inercia. Agradecemos un palo bien dado en el costado, y aunque sea gratuito siempre solemos acudir al mismo lugar solicitando la vuelta. Cosa que también ocurre fuera del ámbito sexual. A base de golpes aprendemos, y si no es el caso, vuelta empezar que el bucle es infinito. Hasta que reventemos, al menos. Pero, por ahora, aún estamos en el camino, fiel al lema de la escocesa Johnny Walker, y esa es la mayor virtud que inculca Dark Souls.

Un viaje no tiene por qué resultar agradable, a veces puede ser un coñazo y otras rozar la demencia. Pero, sin embargo, siempre existe la certeza de que si abandonas, si te bajas del tren a las primeras de cambio, entonces es cuando realmente habrás sido derrotado. No hay mejor manera, pues, de afrontar la vida que pasar una velada a la lumbre de una hoguera situada en cualquier catedral gótica, meternos por vena un buen chute de Estus y partir por la solitaria senda tarareando canciones de la infancia mientras nos violan despiadadamente por creernos que la vida es como los animes de nuestra más tierna niñez, subnormal. Y ahora vuelta a empezar, pero esta vez con el escudo en alto y la espada dispuesta a hacer sangre, ojo a visor. Más viejo, más sabio y más cabrón. Eso es la vida. Eso es todo lo que es. Y Dark Souls aún continúa enseñándomelo. Terminaré de jugar y habrá lecciones que me dejaré por el camino, pero si ni los mejores profesores consiguieron que a esta dura mollera se adhirieran los conceptos más básicos sin un gran derroche de esfuerzo fue porque me torturaron pero no me sacrificaron una y otra vez hasta que consiguiera aprobar el examen con matrícula. Que tomen nota muchos docentes, esta técnica puede resultar efectiva hasta para ellos mismos.

Terminaremos mal seguro. Las greñas me llegarán a la cintura, la barba espesa impedirá que se me vea la boca y acabaré con las uñas más largas que el Pai Mei original. Abandonaré la higiene corporal, mis estudios, mi perfil de Facebook, la dieta mediterránea. Me convertiré en el gafapasta prototípico. Adiós a mis amigos y familiares, a mis contactos de Tinder, a todos. Os dejo al menos esta carta de despedida. De este camino solo se puede salir Doctor Honoris Causa en esta nueva forma de entender la vida a través de un videojuego, grado impartido por el alma desquiciada de Hidetaka Miyazaki. Pero, ¿acaso ha existido una mente cuerda que haya hecho algo digno de ser narrado?

Comments
To Top