La hoguera es la calma antes de la tormenta. | Vlambeer
Críticas

Nuclear Throne y el buen jugador de roguelike

La hoguera, calma antes de la tormenta. | Vlambeer

El buen jugador de roguelike sabe que no hay tregua, que cada paso le supone encontrarse con mil y una amenazas que podrían matarle en un instante de haber planificado mal la situación. Pero por mucho que se vea obligado a comenzar de nuevo una y otra vez, nunca se echa para atrás. No conoce el abandono porque incluso la más atroz de las derrotas le llena de regocijo. Y mientras permanezca así, podrá seguir adelante.

Nuclear Throne Logo

Logo del juego. | Vlambeer

El buen jugador de roguelike empieza en Nuclear Throne de la misma manera que ha hecho con el resto de títulos de este estilo. Es un cara a cara entre completos desconocidos, él y el juego. Y al igual que ha sucedido con los demás, el primer encuentro no acaba llegando a buen puerto precisamente. Sabe de sobra que probablemente no dure más de cinco minutos hasta que una bala que se ha escapado de su vista le alcance y le de matarile. Pero al final resulta que no, que lo que ha acabado con él ha sido una esquiva y asquerosa rata que se le ha acercado a la velocidad del rayo contrarrestando todas sus armas de largo alcance y asestándole un mordisco letal.

Eso no se lo esperaba, pero mejor aún. Ahora tiene un mayor conocimiento de los peligros que le acechan en el camino hacia el trono, y puede que no falte mucho más para que le masacre un cristal que dispara ráfagas láser a grandes distancias, pero en este momento se siente más preparado que nunca, y cuando eso llegue a ocurrir, lo estará todavía más.

Fish y su guitarra. | Tumblr

“We have no past…” | Tumblr

Ha sido un comienzo algo tortuoso, pero el buen jugador de roguelike quiere más y más. No se contenta solo con haber probado las volteretas de Fish con un fusil de asalto, una pistola láser y unas mejoras en forma de mutaciones que no sabe muy bien de qué utilidad han sido. Ahora llega el momento de probar a Crystal y tal vez un lanzagranadas y una escopeta. Y luego seguramente a Eyes, Melting, Plant o Y.V. y quién sabe si una pistola lanzadiscos o un bazooka. Por el momento sigue encontrándose en fase de exploración y descubrimiento, y se da cuenta de cómo las tácticas que había ideado con un personaje no sirven para otro; de que el juego ágil del ya mencionado Fish al esquivar los constantes bullet hells es todo lo opuesto al cara a cara que les presenta Crystal y la fortaleza inexpugnable pero no exenta de sumo cuidado y buen timing a la hora de usarla en la que se convierte. Y lo mismo pasa con los demás.

El buen jugador de roguelike no se doblega ni se rinde. Solo aprende cada vez más.

Sigue y sigue. Va superando cada vez más zonas, derrotando a más enemigos y jefes finales, descubriendo nuevos caminos ocultos y bonificaciones algo extrañas. Pero sobre todo, vuelve a morir. Una y otra vez. Vuelta a empezar de cero continuamente. No obstante, eso le alegra. El buen jugador de roguelike no tolera el error, pero lo abraza como su mejor compañía. Gracias a él aprende lo que es el peligro, se curte en el fragor de la batalla. Y eso no se basa solo en aprenderse las mecánicas de juego, sino también en entrenar los reflejos. Al principio no habría esquivado esa bala tan bien como lo ha hecho ahora. Pasado un tiempo, ya se conoce de cabo a rabo los entresijos de cada fase y los monstruos y armas que puedan aparecer en ella. Quizás pueda parecer que eso acabe haciendo algo monótona la generación aleatoria de los niveles, pero él está seguro de que hay un propósito muy distinto detrás, de que eso está ahí para que no se aprenda cada esquina y no base su éxito en la repetición continua propia del ensayo y error. Eso sí que sería aburrido.

Robot puede comerse sus propias armas para regenerar vida y munición. Porque, bueno, es un robot. | Equilateral

Robot puede comerse sus propias armas para regenerar vida y munición porque, bueno, es un robot. | Equilateral

El buen jugador de roguelike considera cada incursión como un nuevo periplo. Una enésima oportunidad en este bucle infinito de muertes y reinicios pero que nunca permite que dos aventuras sean iguales. “Esta vez sí que me va a salir”, pensó el 100% de las partidas que jugó ayer. Vaya evolución, ¿eh? Ha pasado de vaticinar con total certeza que iba a sucumbir a una horrible muerte a tener confianza plena en sí mismo. El verdadero esfuerzo nunca ha venido de la nada, especialmente en Nuclear Throne, donde si algo abunda además de los proyectiles enemigos, es lo reconfortante que resulta el superar cada reto, ya sea del propio juego o de los que el mismo jugador se autoimpone.

Jefes que desafían a los reflejos. | Equilateral

Jefes que desafían a los reflejos. | Equilateral

Como por ejemplo, aprender a manejar cada arma en la situación que lo requiera, o a seleccionar las más adecuadas valorando los pros y los contras de las mejoras que haya ido escogiendo a lo largo de la partida. Esto incluye saber gestionar las balas adecuadamente para, por ejemplo, no llevar dos armas de ráfagas y que además usen el mismo tipo de munición porque pueden agotarse a una velocidad pasmosa y dejarle completamente vendido. Y si no consigue pillarle el truco a esto de las municiones, siempre puede tirar por aprender a manejar las armas cuerpo a cuerpo. Pero eso, como todo, también lleva su correspondiente esfuerzo. Son muchos los estilos de juego que se pueden llegar a dominar e incluso a personalizar, pero todos giran en torno a un mismo Sol, al leitmotiv de este y de todo roguelike que se precie: el aprendizaje. Sin dolor no hay recompensa, y esta no llega en forma de facilidades para poder avanzar, sino en la de una mayor variedad de posibilidades para que afronte como más le guste el peligro constante al que el jugador de este subgénero se expone.

La verdadera derrota ocurre solo a causa del error propio. El buen jugador de roguelike no se frustra al perder porque sabe que cuando lo hace, el buen diseño del juego se encarga de que sea totalmente culpa suya. La pérdida y el renacimiento a partir de la misma es el concepto clave que define a Nuclear Throne. Nunca hay un abandono definitivo, solo otro intento más. ¿Y qué es lo que motiva a un jugador que pasa gran parte de su tiempo avanzando y retrocediendo a cada instante sin conseguir practicamente nada tangible la mayoría de las veces? La respuesta es sencilla: el simple hecho de disfrutar con ello. Sea lo que sea lo que pretenda cada uno, los videojuegos son indudablemente formas de expresión. El juego de Vlambeer, por su parte, es la expresión máxima de la diversión directa, desafiante y desenfadada; de un jugador que solo quiere ponerse a los mandos y superar retos sintiéndose en pleno control de todas sus posibilidades. Es la expresión pura del jugar y yo, como buen jugador de roguelike, le doy la bienvenida con los brazos abiertos. Pero no por mucho tiempo, porque necesito usarlos para llegar al trono de una puñetera vez.

Nuclear Throne y el buen jugador de roguelike
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