Logo de Where The Goats Are. | Memory of God
Críticas

Where The Goats Are: nadie está a salvo

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Where The Goats Are es un tranquilo videojuego desarrollado por el estudio de una sola persona Memory of God. En él nos ponemos en la piel de una granjera que debe cuidar de sus cabras, aunque el mensaje final va mucho más allá de eso.

Lo más bonito de Where The Goats Are es empezar una partida sin haber visto o leído nada del juego; tu único empeño en los primeros minutos será ordeñar tus cabras, recoger los huevos del corral de las gallinas y, como mucho, ir al pozo a coger un poco de agua con la que regar la planta que descansa junto a la puerta de tu casa. Poco más se puede hacer en la pequeña granja en la que vive Tikvah, una anciana que no conoce más vida que la rural y a la que su familia ha ido abandonando poco a poco buscando un futuro más productivo en la ciudad. Las mecánicas de Where The Goats Are son básicas, pero su mensaje es desgarrador, y se va intensificando conforme avanza la partida. Por eso lo mejor es dejar de leer este texto, ir a itch.io, descargar el juego, jugarlo de una sentada (dura apenas una hora) y después, si quieres, retomar la lectura.

Where The Goats Are presenta una jugabilidad extremadamente sencilla en la que sólo necesitamos un ratón para interactuar con el entorno: nuestro día comienza con el cantar del gallo al amanecer, a partir de ese momento la granja se llenará de vida y nosotros, en la piel de Tikvah, tendremos que comenzar a trabajar. Click a click podemos decidir en qué enfocar nuestra jornada, aunque lo más rentable suele ser ordeñar cabras para hacer quesos con su leche. ¿Por qué es lo más rentable? Porque cada día pasará por delante de nuestra casa un vendedor ambulante al que, a cambio de queso, le podremos comprar heno para alimentar a los animales y más cabras para nuestro rebaño.

Where The Goats Are aprovecha la disonancia ludonarrativa para contar una historia con ella

El mismo vendedor que llama a la puerta para hacer negocios con nosotros lleva también en su saco algunas cartas que nuestros familiares nos hacen llegar una vez se han asentado en sus respectivas nuevas ciudades. Esa correspondencia es la única conexión que Tikvah tiene con el mundo que está más allá de las verjas de su granja y, con ella, el juego nos cuenta una historia de la que no estamos siendo partícipes. Cada nueva carta refleja la caída de un mundo que nosotros desconocemos; los problemas se van amontonando en la ciudad mientras que en nuestra granja cada día parece ser igual que el anterior. Where The Goats Are usa inteligentemente esa dicotomía y la traduce al apartado jugable obligando al jugador a que repita una y otra vez las mismas acciones sin que en realidad tengan nada que ver con la historia que se está contando. Es aprovechar la disonancia ludonarrativa para contar una historia, por ilógico que eso parezca.

La luz que baña la granja de Tikvah no durará mucho. | Memory of God

La luz que baña la granja de Tikvah no durará mucho. | Memory of God

Ahí reside la potencia del mensaje de Where The Goats Are: el juego es una gran crítica a la destrucción del entorno por parte del capitalismo globalizado y a cómo este afecta a los agentes que no participan de él. Las pequeñas economías y los métodos de producción alternativos se ven colapsados por decisiones externas, por modos de vida que no tienen en cuenta su repercusión en el mundo. Mientras el apocalipsis engulle las grandes ciudades, nuestra única tarea posible es la de seguir haciendo lo mismo una y otra vez: alimentar a las cabras, ordeñarlas, hacer queso, recoger huevos… Where The Goats Are nos muestra la otra cara del fin del mundo para que, como urbanitas, nos preguntemos cómo de fuerte es nuestro impacto en la Tierra y, de paso, cuánto nos importa lo fuerte que sea.

Sin modificar nuestros hábitos, presenciamos cómo la granja de Tikvah va perdiendo la vida de la que presumía al principio del juego: de pronto el gallo deja de cantar, los pájaros que venían de visita aparecen muertos en el suelo, el agua del pozo se seca, las gallinas dejan de poner huevos, las cabras empiezan a debilitarse hasta desfallecer… Todo se vuelve gris, tal y como describían las cartas de nuestros familiares. Es una forma magistral de contar una faceta diferente del apocalipsis -tan recurrente en ficción- sin que seamos protagonistas directos de la destrucción del mundo.

Where The Goats Are: nadie está a salvo
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