Críticas

Shape of the World y la filosofía del instante

La filosofía del instante. | Shape of the World

Shape of the World es una propuesta tan atípica como necesaria: la pura subversión de detenerse, observar y existir en armonía con el mundo al otro lado de la pantalla.

No hacer nada puede ser todo un desafío. En estos tiempos de hiper-aceleración que nos ha tocado vivir, víctimas del multitasking y la competencia voraz por cabalgar a lomos de un tiempo que se consume a sí mismo en progresión exponencial, pararse es todo un lujo. De conseguirlo, en ese microsegundo de detención, desvestidos de identidad, de ambición y de impulso, con la inercia congelada, podríamos simplemente estar. Algo que, frente a la imperante necesidad de acción y definición se postula como la mayor rebelión posible.

En esta clave, Shape of the World es uno de los juegos más subversivos que he probado recientemente. No lo es por tratar temas poco habituales en el medio —como ese Kentucky Route Zero que pone el foco en la eco-hecatombe social de una región bajo el yugo de una compañía energética—, ni por hacer de las aristas de la vida una mecánica —como los humores líquidos de The Red Strings Club—, sino por proponer algo casi insólito para un videojuego: no hacer nada, no ser nadie, no ir a ninguna parte.

Un primer instante, en solitario. | Shape of the World

Casi como uno de esos ejercicios estilísticos de eliminar todo lo que resta para que solo quede lo que suma, los de Hollow Tree Games traen el videojuego reducido a su puro chasis, a sus ingredientes más básicos: tú y tu espacio. Prescindiendo de artificios, con una lista de verbos acotada a un par de acciones posibles, Shape of the World crea el contexto perfecto para aquello que Luciano Concheiro reivindicaba en su imprescindible Contra el tiempo: practicar el instante, trabajar el arte del estar, ejercer el mientras tanto.

La premisa, en sí misma, elude una definición precisa. Lo que hay al otro lado del minimalismo extremo de Shape of the World es el puro diálogo con un entorno vastísimo, un viaje a través de una naturaleza de colores vibrantes y formas fugaces de la que somos el todo y la parte. No hay caminos prestablecidos, objetivos explícitos ni exigencias de ningún tipo, solo posibilidades. Podemos guiarnos por los marcos triangulares repartidos por el territorio —que aluden metonímicamente al pico de la montaña que, tarde o temprano, escalaremos—, podemos perdernos entre los árboles, explorar sus lagos y mares, recolectar semillas o bailar con las decenas de criaturas con las que compartimos existencia.

En nuestro movimiento por ese mundo podremos servirnos de las dos habilidades que Shape of the World pone en nuestra mano: con el botón derecho del ratón destruimos, disolvemos, absorbemos la energía de los árboles y plantas para ganar impulso; con el izquierdo creamos, sintetizamos, sembramos nueva vida y reiniciamos el ciclo. Somos, por intentar expresarlo en pocas palabras, un agente del cambio, pura entropía; una fuerza que todo lo modifica y a cuyo paso el mundo gira y se contorsiona, vibra y evoluciona.

Un segundo instante, compartido | Shape of the World

La sensación que todo esto devuelve es una extraña mezcla entre irrelevancia y protagonismo. Si nos paramos, no ocurre nada, la vida sigue ajena a nuestra presencia. Si caminamos, no obstante, se producen todo tipo de reacciones encadenadas, como si el universo entero girara en torno a nuestra figura. Esta dualidad se consigue gracias a uno de los detalles más destacables de Shape of the World, la forma en que se sirve de su mayor limitación: la distancia de dibujo.

Teniendo un entorno tan vasto, la capacidad que el motor gráfico tiene de renderizar las largas distancias que se abren en todas direcciones, vayamos donde vayamos, se reconfigura para que los elementos que entran en nuestro radio de influencia aparezcan de manera orgánica. La vegetación crece del suelo, las criaturas surgen de un átomo y evolucionan, las formaciones rocosas se funden y solidifican en cuestión de pocos segundos. Los tiempos geológicos y biológicos se compactan en un único y precioso instante que estalla con esos infinitos ruidos que esconde el auténtico silencio, ese todo que hay más allá de la última nada.

El aderezo lo pone un apartado sonoro que casa a las mil maravillas con el ambiente etéreo del juego. Las melodías de sintetizador elevan la experiencia, guiándola a través de cambios de tono y ritmo, adaptándose a cada uno de los lugares arquetípicos que visitamos. A través de costas y selvas, pasando por cuevas y pantanos, cada vez que activamos algún hito, que recogemos una semilla o atravesamos una puerta, el mundo de Shape of the World se expresa, se comunica con nosotros. Y aunque no entendamos del todo su idioma, lo importante es esa noción de que el paisaje nos habla.

Lo que une ambos instantes, el camino. | Shape of the World

A medio camino entre la psicodelia y lo chill-out, la experiencia de Shape of the World es algo casi necesario en una industria que muchas veces da bandazos, perdida en las derivas de sus necesarios espectáculos. Frente a los mecanismos habituales de interacción basados en la violencia, sus desarrolladores proponen una convivencia armónica que no rehúye el choque, sino que lo redirige en direcciones alternativas. Aquí somos uno más, alguien que está —literalmente— de paso, y cuando despeguemos los pies de su suelo, coronado el pico de su montaña, atrás quedarán los efectos de nuestro tránsito: una transmutación recíproca, un mundo al que dábamos forma, sin darnos cuenta de que era la nuestra la que cambiaba.

Lo que se ve en esos últimos compases de juego, estando ya más cerca del cielo que de la tierra, es algo que, aún en caso de proponérmelo, no podría transcribir a este texto; una humilde catarsis que hay que sentir en carne propia y que intuyo varía con la persona. Lo que sí puedo decir es que debe ser lo más cercano que he estado a experimentar aquel instante del que hablaba más arriba, un tiempo insignificante, de duración ínfima, pero cuya huella es imborrable. Shape of the World no es un juego que cambiará el medio, ni siquiera le hará una mínima mella, pero permite escapar por un momento, detenerse y experimentar el vértigo de la revolución, la gran gesta de la nada.

Shape of the World y la filosofía del instante
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