EL BUNKO | Devolver Digital
Críticas

Nos vamos de Pikuniku

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Con una presentación bienintencionada y llena de color, Pikuniku se postula como un juego que no aspira a crear un conjunto memorable, sino a hacer que cada momento sea divertido durante el rato que dure.

Deberíamos empezar a acuñar el término “juego de gif”. Ya sabes, esos títulos indies en desarrollo de los que vemos cientos de gifs subidos a Twitter por sus propios creadores y que nos dejan embelesados al aparecer por nuestra TL. Tanto, que cuando nos damos cuenta hemos visto 50 loops del mismo gif. Nos quedamos, eso sí, en el momento presente. Rara vez nos paramos a pensar en cómo encajará el conjunto cuando finalmente salga a la venta, pero cuando lo hacemos generamos expectativas innecesariamente grandes; esperar que un videojuego salga bien porque luce bonito en los gifs no es precisamente lo más sano. En el momento en el que lo vemos, el resultado final no debería importar. Todavía quedan muchas decisiones por tomar y procesos que ejecutar, así que ya saldrá como tenga que salir. Quedémonos con ese contacto directo con el artesano que está detrás poniendo todas las piezas en su sitio y compartiendo felizmente su progreso con nosotros. El caso de Pikuniku es uno de esos, un título que a mí me sonaba de todas las veces que lo había visto haciendo scroll perezosamente por Twitter, y que siempre me había parecido extrañamente hipnótico. Irradiaba un aura de simpatiquismo que me producía cierta calma. Ha sido cuando le he puesto las manos encima que he podido comprobar que el juego era exactamente lo que esperaba al verlo.

Aunque es complicado decir qué se esperaba de él en realidad. Los gifs de Pikuniku no parecían pertenecer a un juego, sino más bien a un corto de dibujos animados loco y atolondrado. Y efectivamente eso es, solo que en forma videolúdica. Un jolgorio de colores, físicas rocambolescas, diálogos tontorrones, y una pizquita de discurso socialista (como debe ser), que conforman un chiste la mar de majo. De esos de los que nos reímos tímidamente cada vez que nos acordamos de ellos, y que en situaciones sociales peliagudas tratamos de disimular con poco o ningún éxito. El mérito de Pikuniku está en saber cómo presentarse antes de hablar, de forma que cuando lo hace, lo escuchamos atentamente mientras una cálida sonrisa se dibuja en nuestro rostro.

En su simpleza visual está gran parte de esa magia bonachona a la que hay que querer. | Equilateral

En su simpleza visual está gran parte de esa magia bonachona a la que hay que querer. | Equilateral

El principio del juego nos debería poner sobre aviso: no estamos aquí para tomarnos nada en serio. Somos un bulto rojo cuyas únicas extremidades son sus piernas y que sale de la cueva de una montaña para ir a parar a un pequeño pueblecito. Resulta que en esa villa circulaba una leyenda desde hace eones, la de la bestia que habitaba el monte, y sus habitantes, al vernos ahora campando a nuestras anchas, nos temen. Aunque no por mucho tiempo, porque solo tenemos que arreglar un puentecito que hemos roto sin querer para que se den cuenta de que en el fondo no somos malos. Después de eso, ni la leyenda ni el hecho de que se nos considerara un monstruo vuelve a tener ninguna importancia. Pero durante el rato que ha durado nos hemos reído con esas frases estúpidas e inocentes, esos aldeanos que son tan adorables que no saben ni encerrarnos bien, o esa manera tan absurdamente inesperada de arreglar el puente (dándole una patada a una araña, haciendo que la seda que expulsa sea el nuevo puente; el animal, por supuesto, está molesto, pero solo nos pide por favor que no lo volvamos a hacer). Pikuniku se recrea en el momento, y hace todo lo posible por que ese instante sea simpático y digno de anécdota. Paladea el chiste justo al contarlo y no siente la necesidad de repetirlo. Lo desecha y pasa a otra cosa.

Paladea el chiste justo al contarlo y no siente la necesidad de repetirlo

Mecánicamente, esa filosofía impredecible es la que impregna casi todo su diseño. Nunca está claro si es un juego de plataformas, de puzles, o de exploración. Al principio parece que va a tener tintes de metroidvania, por aquello de exigirnos lo de conseguir objetos que sirven para desbloquear nuevas rutas, pero no tardamos en ver que, en realidad, solo hay un par que hagan eso. El resto son artilugios tontos que, más que una utilidad, tienen una gracieta particular; vamos, que no sirven para nada especialmente importante, pero te ríes al descubrir su pequeña función contextual o simplemente cómo le quedan al bichillo. Otras veces se nos planta ante un reto de baile o un partido de baskick (baloncesto pero a patadas), sin venir nunca a cuento ni tener la intención de decirnos nada, pero cuya sorpresa mantiene nuestro interés vivo. No hay progreso, solo momentos inconexos que destacan por lo variopinto y lo absurdo ya no solo de su ejecución, sino también de su mera presencia.

Que no se me entienda mal, todo eso lo digo como algo bueno. Le da al juego ese toque de humor tontorrón, de nuevo, por la espontaneidad de su carácter. Nunca sabes qué vendrá a continuación, pero sabes que cuando lo haga, será algo que te hará reir. Es cierto que, para lograr semejante presentación, Pikuniku tiene que hacer ciertas concesiones. Al no alinearse en una curva de progresión típica, de presentación, desarrollo y consolidación de mecánicas, no puede permitirse demasiadas virguerías en lo jugable. Tira de lenguaje universal de videojuegos: saltar entre plataformas móviles para no caer en pinchos, pulsar interruptores para abrir puertas, etc. Las partes con más chicha jugable de Pikuniku no son excesivamente estimulantes, e incluso diría que las sentí muy poco inspiradas para ser una obra que derrocha imaginación en otros tantos frentes. El juego lo sabe, y por eso no se explaya demasiado con ellas. Se acaban antes de hacerse cansinas y suelen estar intercaladas con diálogos divertidos que las hacen más amenas.

#Lifehacks | Equilateral

#Lifehacks | Equilateral

Otros segmentos, generalmente los puzles que hacen uso del alocado motor de físicas, son en los que Pikuniku luce más. Ahí se da una comedia jugable pura, de situaciones jocosas provocadas por nuestras propias acciones. Me hubiera gustado que estas abundaran más porque se alejan de la ortodoxia de los otros rompecabezas,  pero al menos, el resto del tiempo sabe aguantar el tipo gracias a su manejo del contexto. Esto es, al fin y al cabo, lo que le otorga a Pikuniku gran parte de su magia: el estar todo enmarcado en un mundo de colores pastel, criaturas redondas que se desplazan dando saltos graciosísimos, y con un villano al que no se le da muy bien serlo. Este, por cierto, decide aprovecharse de mala manera de los recursos del planeta y, para convencer a los ciudadanos de que lo que hace está bien, les soborna con dinero gratis. Es la posverdad cuqui.

Claro que, eventualmente, algunos habitantes se van oliendo la tostada y ahí es donde entramos nosotros, que nos ofrecemos para ayudarles a pararle los pies a este magnate capitalista que tenemos por malo maloso. El guion se permite hacer bromas que critican la explotación laboral, la manipulación consumista, y en general el hecho de que un empresario rico se plantee ser quien mande en el mundo. Nunca se pone demasiado profundo, ni lo pretende ni lo necesita. Alcanza el punto necesario para generarnos risillas derivadas de la complicidad con lo que se nos cuenta, para que sean chascarrillos con algo de sustancia.

Pikuniku llega para demostrarnos que se puede ser gracioso sin necesidad de comportarse como un capullo

Igual que los habitantes del mundo de Pikuniku que quieren derrocar a Mr. Sunshine junto con su idea de una sociedad basada en la competitividad y en la eficiencia, el juego nos enseña que no hace falta que todos seamos perfectos, ni siquiera aspirar a serlo. Por eso a él le basta con ser agradable y hacerte reír. Lo importante, sin embargo, es que no se haga molesto, y por eso, cuando no tiene nada más que decir, se acaba. Saber cuándo parar es una virtud que escasea en los videojuegos, y que aquí se agradece bastante. Hace que todos esos momentos absurdos que hemos vivido brillen más, porque cada vez que los experimentábamos estábamos preparados para algo nuevo. La comedia de lo insólito, de ir caminando tranquilamente por el bosque, encontrarnos un bicho que se pone a bailotear, y que nos provoque una sonrisilla tonta; de pegarle una patada sin querer a un personaje y que se mueva de manera tremendamente cómica; de derrotar a un jefe final y que la pelea culmine con una gracieta sobre los trabajos en los que te pagan con visibilidad en vez de con dinero.

"Piensa en los contactos y en la experiencia para tu currículum". | Equilateral

“Piensa en los contactos y en la experiencia para tu currículum”. | Equilateral

Vivimos tiempos aciagos en los que hemos tenido que aguantar cosas como el anuncio de Campofrío. La época del reaccionarismo contra lo políticamente correcto en la que se defiende que para hacer humor hay que burlarse de personas que socialmente gozan de menos privilegios que tú, si tú, humorista blanco adinerado que piensa que por hacer un chiste de gitanos se ha convertido en el adalid de lo antisistema. Pikuniku llega para demostrarnos que se puede ser gracioso sin necesidad de comportarse como un capullo, y seguir teniendo algo de valor que decir. Un paseo agradable que se conforma con no ser el último grito en videojuegos, pero que aun así logra mantenerse fresco y divertido.

Todos sabemos que una comedia lo tiene mucho más difícil para ganar el Oscar a mejor película que el enésimo drama americano. Rara vez las colocamos en el olimpo de las grandes obras, pero el momento que pasamos con ellas es impagable. No valoramos la risa lo suficiente, pero por suerte, siempre hay alguna obra como Pikuniku para recordarnos lo terapéutica que puede ser.

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